Raúl Alberto Albarracín fue un auténtico hombre del renacimiento “a la tucumana”. Durante su larga trayectoria combinó su profesión de abogado, que ejerció muy poco, con sus notables inclinaciones literarias. Desde muy joven inició una carrera en las letras, poco conocida, pero no por ello menos relevante.

Sus primeros pasos en la poesía fueron celebrados con numerosos premios como los ya míticos Juegos Florales de Tafí Viejo en 1956.Sin embargo no encontró en la poesía el ámbito apropiado para expresarse aunque siguió practicando esta actividad casi hasta el final de sus días. Fue sin duda en el teatro y en la prosa donde alcanzó su máxima expresividad, originalidad y brillo literario. Su interés por el teatro surgió curiosamente por sus estudios de francés en la Alianza Francesa de Tucumán que lo llevaron a participar como miembro fundador del grupo de teatro de esa Institución(Trouppe Theatrale) que representaba clásicos franceses en idioma original.

Su inocultable pasión por el teatro lo llevó luego a incorporarse como miembro fundador del Teatro Estable de la Provincia en 1959.Sin embargo no fue sólo como actor sino específicamente como escritor de teatro que Raúl Alberto Albarracín debe ser recordado. Sus obras de teatro fueron reconocidas por la crítica desde el principio por su originalidad y excelso lenguaje. Así “Hay un monstruo entre Uds” marcó un brillante comienzo al ganar el premio del Consejo Provincial de Difusión Cultural en 1965 y ser representado por el Joven Teatro Estable Provincial. La Culminación de su carrera en este rubro fue sin duda la obtención en 1982 del Premio Nacional Argentores para Autores dramáticos, por su obra “ La Embustoria del Tucumán”. Esta obra, es una excelente pieza que potencia los valores del fenómeno del mestizaje como producto del choque de las civilizaciones indígena e hispana y fue representada por primera vez en esta misma Sala en 1983.

El cuento fue también un género que Albarracín cultivó con maestría avalada por los muy numerosos premios que su obra mereció a través de los años. Sus cuentos fueron publicados en dos ediciones: Provincia I y Provincia II. Uno de los textos quizás más logrados se titula “Los Linajes” en el que se narra en un paralelismo temporal, la agonía de una mujer indígena torturada por la inquisición española en el siglo XVIII y otra por un grupo de militares en el siglo XX. La atmósfera ominosa, densa y sofocante fue muy bien recreada junto con un notable manejo de una narración que ocurre en dos tiempos paralelos.

En los últimos años su carrera de escritor culminó con su incursión en el mundo de la novela, realizando varias obras, de las que solo ha sido publicada recientemente “El Extraviado”.

Junto a esta impresionante carrera literaria, Albarracín desarrolló una no menos interesante y activa labor pública, vinculada siempre a los medios de Comunicación. Fue designado por el hoy mítico Rector Ing. Flavio Eugenio Virla para presidir la Comisión Organizadora fundadora del Canal 10 de Televisión, que integró con otros importantes hombres de las comunicaciones locales como Néstor Díaz Suárez y Alberto Lombana, entre otros. Más adelante, y antes de acogerse a la jubilación fue gerente de programación del citado organismo. Desarrolló igualmente una prolífica labor en el mundo de la radiofonía local, particularmente en la conducción y producción de programas culturales hoy, lamentablemente, tan infrecuentes. Por ello llegó a ser elegido como Vocal del Area de Radiofonía del Consejo Provincial de Difusión Cultural que colaboró en crear junto al destacado escritor Julio Ardiles Gray.

Con la llegada de la madurez, Albarracín pudo dedicarse por completo, en sus últimos años, a profundizar el barroco y abigarrado lenguaje de su prosa que al lector le traen a la memoria los grandes escritores del Siglo de Oro español, o quizás, para acercarnos más al presente, a los grandes autores del realismo mágico latinoamericano. Su amor por la literatura fantástica y de Ciencia Ficción son patentes en su última novela, El Extraviado, cuya temática el autor resumió como una “fantasía de erotismo en tierras de América Mágica”.

El 30 de julio de 2002, se retiró en paz del mundo, con la misma discreción que había caracterizado toda su vida pero con la misma pasión y entereza de ánimo que marcaron a fuego su obra.

Sus familiares, para honrar su memoria, crearon una fundación que llevará su nombre para difundir su obra y colaborar con el Estado y otras ONGs en la gestión de políticas en el ámbito de la cultura, la ciencia y la tecnología.

Si en el pasado siglo XX y el XXI parecen escasear las figuras paradigmáticas, la singular vida y obra del Raúl Alberto Albarracín surge como una peculiar excepción a esa regla secular.